viernes, 6 de abril de 2012

ACERCA DE LOS ARCHIVOS DE STANLEY KUBRICK


Era una oscura tarde de domingo, aquella en la que me dirigía al Cinema Ópera Plaza a ver “La Insoportable Levedad del Ser”, bajando desde la Carrera Décima con Calle Veintiséis, cuando me detuve por unos instantes en la vitrina del almacén oficial de Taschen®, pues la visión de un gigantesco libro me paralizó por completo; era un libro de dimensiones dantescas titulado “Los Archivos de Stanley Kubrick”. Era de aproximadamente cuarenta centímetros por treinta, con una portada en rojo y negro, de tapa dura, y debía de tener por lo menos quinientas páginas, todas llenas de imágenes de magníficas películas que había visto, como por ejemplo, alguna foto de Keir Dullea, haciendo la formidable y siempre bienvenida kubrickian stare, dirigiéndose hacia la inminente desconexión de HAL 9000; probablemente también debía de incluir una imagen de toda una página de Malcolm McDowell, agachado, con las manos en la espalda y con una malvada sonrisa, a punto de escarmentar con un cuchillo al siempre sonriente y desmedido Dim, sin cortar uno solo de sus “principales cables”, y por supuesto, tenía que tener fotos de Jack Nicholson aterrorizando al resplandeciente Danny y a Shelley Duvall en aquél endemoniado hotel abandonado. 


“Tiene que ser mío…”, pensé, y efectivamente tenía que ser mío. De manera que destrocé el vidrio que me impedía unirme a mi libro, dándole un puntapié con mis botas de punta metálica. Ya nada nos separaba, y por ello me acerqué a sacarlo, pero ¡qué libro tan pesado! Y así era como debía ser, dadas las dimensiones que describí más arriba… Debía de pesar unos siete kilos, pero no se me ocurrió pensar en eso antes de ponerle mis manos encima. “Los Archivos de Stanley Kubrick” se convertiría en mi nuevo objeto de culto, despojando de tal honor a otro libro de Taschen®, titulado “Cine en los Noventa”, bastante bueno por cierto, pero ni siquiera todos los cineastas más representativos de los noventa juntos pudieron superar la genialidad y astucia de Stanley Kubrick, toda consignada en cientos y cientos de imágenes en el libro que en ese momento tenía en mis manos. No obstante lo obvio que podría parecer, no se me ocurrió pensar en que el alboroto causado por el destrozo de la vitrina y la respectiva alarma que se disparó instantáneamente, iban a llamar la atención de los transeúntes que se encontraban a medio kilómetro a la redonda. 

Así las cosas, se me acercó un joven de gafas, pelo largo y mochila, a decirme que pusiera ese libro en su lugar, y así lo hice: le descargué siete kilos de peso y unos newtons de más en la raíz de la nuca, imaginando por supuesto “La Urraca Ladrona” de Gioacchino Rossini como música de fondo, noqueando ipso facto al cheloveck descrito anteriormente, mis grandes y únicos amigos, y me sentí increíblemente joroschó con tal despliegue de ultraviolencia. En ese momento una devotchka empezó a gritar, y los millicents se apuraron para apresarme, pero no, no podía dejar que me despojaran de un libro que había sido mío desde siempre, aún antes de su concepción; entré en crisis por unos instantes, pero a la distancia pude escuchar un estéreo desde el cual retumbaba “21st Century Schizoid Man” de King Crimson; lo tomé como una señal que Bog me enviaba, y videé de inmediato qué era lo que tenía que hacer: lanzarme al vacío, unirme con “Los Archivos de Stanley Kubrick” e inmortalizarme eternamente. De este modo me lancé del puente de la Carrera Décima sobre la Veintiséis, caí contra el duro asfalto destrozándome innumerables huesos, y además, para completar, un camión terminó el trabajo de matarme. 

A diferencia de lo que ocurre en “La Naranja Mecánica”, yo sí morí, y estoy escribiendo esta historia desde mi propio mundo, apreciando “Los Archivos de Stanley Kubrick” sin que nadie me perturbe, admirando fotos de Ryan O’Neal en majestuosos paisajes centro-europeos y vestido al último grito de la moda del siglo XVIII, de las distintas personalidades de Peter Sellers como presidente de los EE.UU. y como el Dr. Strangelove, de Vincent D’Onofrio en su escalofriante última ida al baño, y por supuesto de Tom Cruise inmerso en las situaciones acontecidas en una extraña (¿o común?) noche neoyorquina, y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos, for ever… And ever… And ever…

2005

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