sábado, 30 de julio de 2016

PRESTON

NOTA: Eddie Preston es ficticio. Se supone que es “el más grande de los jugadores de fútbol australiano”, según él mismo.

            Mi nombre es Don Lewis y soy un biógrafo que vive en Sidney. Uno de los peores meses de mi vida empezó cuando estaba en una época de desempleo, pues no había hecho la biografía de nadie en meses. Pero la noche del dos de abril de 1995 recibí una llamada en la que se me comunicaba que yo era el elegido por Eddie Preston para hacer su biografía. Me puse muy feliz, y pensé que éste sería el fin de mi desempleo, que sería el biógrafo más conocido del mundo. Al otro día fui a la dirección que me indicaron y cuando llegué encontré una gran mansión, pero por dentro, una porquería. Todo destruido, fuera de lugar, creí que me había equivocado de dirección, hasta que oí a Preston hablando. Lo vi bajar de unas escaleras y se dirigió a mí.

               -    ¡Ah! Te esperaba. Te llamé porque oía tu nombre muy seguido y eras muy famoso.
               -    No soy famoso. Estoy desempleado.
                                Em… Tienes razón. En una lista, señalé el primer idiota que vi. Bueno, empecemos.

Entre más lo conocía me desilusionaba más. Sus malos modales, su forma de hablar, parece como si se lo hubiera consumido la fama. Llegamos a un cuarto, me dio una máquina de escribir y empecé.

                  -  Quiero que empiece así: “Esta es la biografía de Eddie Preston, el más grande deportista del mundo, el rey del fútbol australiano…”
                      -  ¡No! Me niego a escribir esto. Usted no es ni más ni menos el más…

Mientras yo alegaba, Preston sacó un revólver y disparó a la mesa donde yo escribía. Me callé y empecé a escribir.

Ese día a las 11:00pm me obligó a dormir en su casa. En una cama pequeña que me había dado, me puse a pensar y decidí hacer dos biografías; la que Preston dirigía, y la verdad sobre él. Entonces todas las noches escribí lo que yo pensaba de él, la realidad. Al amanecer, oí a Preston toser muy fuertemente; fui a su cuarto y lo vi tomando unas pastillas. Por la forma en que tomaba, pensé que era un drogadicto. Me empezó a dar miedo.

              ¡Yo renuncio! ¡No puedo seguir acá!
               -  Quédate donde estás – me gritó apuntándome con el revólver - ! No saldrás de aquí hasta que termines esa biografía. ¿Oíste?

Después de eso, me invitó a salir un momento. Ya afuera, vio un venado y lo mató de un balazo. Pensé que ya había matado a alguien, que tenía sangre fría para matarme. Esa noche no pude escribir su biografía, porque fuimos a un bar donde Preston acosaba sexualmente a las meseras. Me dijo que había empezado eso desde 1967, año en que se retiró del fútbol australiano. Estuvimos en esas durante un mes, yo haciendo las dos biografías, hasta que el 29 de abril, aquella madrugada, Preston se despertó más temprano que yo, y descubrió los papeles que yo escribía. Los leyó y luego lanzó un jarrón de la sala a mi cabeza, aunque afortunadamente no me dio y me despertó.

                            -   ¡¿Qué es esta basura – me gritó enfurecido -!?”
              -   Es la verdad, Preston.
              -   Eres un impostor, traidor y un maldito mentiroso. ¡Creí que éramos amigos!
              -  ¿Amigos? ¡Nunca he sido su amigo, viejo decrépito!
               ¿Cómo? Fíjese en lo que dice, joven – y me apuntó con el revólver - .
              -  ¡Vamos! Usted no es capaz de dispararme, anciano infeliz.

Yo no sabía lo que decía en ese momento. Había olvidado por completo al venado, y efectivamente me disparó en el hombro izquierdo. Luego se acercó y me dijo:

                 Me partes el corazón, muchacho. Creí que podríamos ser buenos amigos, pero lo destruiste todo. Así que no hay… Oh… Mis pulmones…

Empezó a toser, se fue corriendo por sus píldoras y unos segundos después llegó la policía llevándose a Preston al hospital de la cárcel, mientras que a mí me llevaron a otro hospital. Dos días después Preston murió a la edad de setenta años de edad, solo e infeliz.

             Cuando salí del hospital me enteré de que Prestib había muerto de pena moral. Yo estaba feliz de oír que estaba muerto, pero me remordía el alma saber que una persona murió por mi culpa. Organicé mis apuntes una semana después, y unos meses más tardé salió a la venta un libro titulado “Preston: La Verdad Detrás De La Cortina”, el cual fue un best seller el año pasado. Después de todo, no pensé mal: Mi desempleo terminó y me convertí en el biógrafo australiano más importante.

1996

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